26 de noviembre de 2011

LO QUE NO SE LOGRA COMPRAR


Esa mañana Emma y yo, viajamos, por razones de trabajo a Tuluá para contactar a un funcionario del Ministerio Público. Éramos los dos nuevos representantes de una firma del sector editorial. Emma comenzó a cansarse por el peso de la enciclopedia de ganado porcino que nos alternábamos cada cuadra.
Apresuramos el paso, sabíamos que el potencial comprador no nos atendería después si llegábamos tarde. Estoy cansada, se quejó Emma cuando le insinué llevar los pesados diez tomos debidamente empacados. Después murmuró algunas incomprensibles frases sin lograr descifrarlas por culpa del ruido producido por las bocinas de los vehículos ante el lento transitar por la más concurrida calle comercial.
La miré de nuevo y la tomé de la mano para ayudarla a caminar  más rápido, así podíamos ganar tiempo. La enciclopedia seguía en mi poder, aunque la sensación de hormigueo iba en aumento. Era casi imposible sostener la caja y el maletín en una sola mano. Emma llevaba el suyo y las ganas de sentarse en cualquier parte con tal de descansar. Era la hora señalada, como pudimos caminamos rápido, pero no encontrábamos la entidad.
Un tiempo estuvimos caminando como perdidos en todas las direcciones, con la firme esperanza de encontrar, en un gesto, en una mujer linda, ayuda. Decidimos entonces preguntarle a algunos transeúntes por la dirección que mostraba escrita en mi agenda, pero en lugar de ayudarnos nos miraban de arriba abajo optando por hacerse a un lado y proseguir el camino.  Otro creyó conveniente recorrer dos cuadras más, pasar el principal puente del río tutelar de la ciudad y luego cruzar hacia la izquierda y luego no sé hacia adónde más.
Apuramos la marcha para no retrasarnos. El sol era nuestro clarín entre las nubes de aquel radiante día. Por un momento tuve la impresión de haberse puesto exactamente sobre nuestras cabezas para hacernos resonar las once en punto. Ya debe estar ese señor esperándonos, pensé.
-¿Por qué caminas tan rápido? Me inquirió Emma al tiempo que se tropezaba como ella sabe hacerlo siempre, presintiendo de paso lo inevitable. Fue cuando advertí ser observados por los curiosos sin ocultar su negra imaginación. Mientras cruzamos la Paso Ancho, una calle de doble sentido, un sonido seco y rastrero se produjo. Sin dudarlo dos veces, miré la enciclopedia y sin poderlo evitar grité  ante el deterioro de la caja; fue cuando escuché que Emma me decía algo de sus zapatos.
-¿Qué pasa, amor? Le pregunté azarosamente.
-Nada, me dijo, estos zapatos…
Por fin llegamos. El hombre estaba tomándose un café cerrero, de esos que le manchan a uno hasta la conciencia. Nos saludó y de inmediato demandó nuestra información sobre la edición y otros datos técnicos que sólo un experto en cerdos podía conocer. Al fin y al cabo, el secreto de un negocio es que sepas algo que nadie más sabe, siempre nos refrendaba nuestro entusiasta jefe salpicando nuestras caras con su fétida saliva. Cerramos la venta con pago en efectico y el  descuento de rigor. Acordamos celebrar nuestro cierre de mes, mejor no nos podía ir. Había un gran motivo para celebrar, de tomarnos algo y…
-Estos zapatos son muy cansones, ya no me gustan por viejos. Para cada hombre guarda Dios una mujer, pero no como la mía que sabe pedir inspirada en las circunstancias. No hubo salida alguna; celebramos comprando un elegante par de zapatos, los merecía desde hacía mucho tiempo. El éxito era nuestro. La meta mensual estaba más que alcanzada. Por eso la celebración continuó de regreso a casa, tirándole, entre risas y besos, los zapatos por la ventanilla de la buseta.
Al día siguiente, aprovechando esa racha vendedora, viajamos a Bugalagrande. Emma irradiaba con sus nuevos zapatos de cambrión alto. Sin pensarlo la emprendió conmigo no solamente por la pérdida de sus zapatos viejos, sino por causa de sus nuevas ampollas sanguinolentas en los pies. ©                 
                             GuillerCastillo               

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