26 de octubre de 2013

LOS MONSTRUOS


Tomó el cuento. Lo abrió. Primera página. "Había una vez...". Segunda página. Continuó leyendo. Un poco más deprisa porque ya era tarde y deseaba terminar pronto. Última página. "Ya está… Se ha acabado". Cerró el cuento y se dispuso a cerrar el libro dándole un mimo y un beso de "buenas noches" al hijo. Con cierta afectación en su cara el niño dice: "Así no se cuenta, papi". "¿Cómo que así no se cuenta?". Pues no, por qué no me incluiste en la historia. El padre con hosquedad responde:

-Pues, el que quiera verte que venga a casa.©

PERVERSIONES




Me mudé a un edificio de departamentos. A las semanas, me invitaron a una reunión de asociación. Decidí asistir, y de ese modo presentarme en el lugar. La reunión no tuvo nada de sobresaliente; salvo el recordar el pago oportuno de la cuota de administración. Un detalle, tan solo un detalle mínimo, acaparó mi atención. La vecina del 10 "G" tenía desabotonada su blusa, situación que me causó cierta confusión. Esa abertura me llamaba como el canto de una sirena. Debía reprimir un impulso salvaje. Pero deseaba arrojarme sobre ella y arrancar parte de su vestuario. No, no quiero, que se me confunda por cierto grado de perversión. Tenga, usted, en cuenta que no me interesaba en lo más mínimo mi vecina, sólo me interesaba esa insinuante abertura. Quería introducirme a través de ella, llegar a lo más profundo de su ser como pérfido salvaje, para ser más exacto. No me interesan sus extremidades de palmípeda ni sus miradas de pronóstico reservado.

A partir de ese momento comencé a frecuentarla, a fingir un ocasional encuentro… Ya sé que era sospechosa mi actitud, dado que nunca habíamos atravesado saludo alguno al cruzarnos por el piso. No me importaba: tan solo esperaba el anhelado momento en que mi vecina se  acercara y así satisfacer mi obsesión. Se nos enseña a no desear la mujer del prójimo, pero vivimos en una época donde la imagen es lo más deseable, entonces es justificado y legítimo que yo quiera tocar aquella sustancia que da volumen a mi obsesión. Escuche... No debe juzgarme por este impulso mío, sino ayudarme ¿Cómo? Tendiéndome una mano, mientras se desajusta su blusa.

A las semanas comprendí que, descolgándome por mi balcón, podía introducirme en la terraza de aquella mujer y, desde ahí, a su habitación. No, no quiero causarle daño alguno. Solo necesito abrir un poco más su escote. Y llegó el día en que me decidí. En pocos minutos me introduje en su habitación y la esperé. No sabía por dónde empezar. Estaba tan excitado que solo escuchaba el palpitar de mi corazón. No pude ver cuando ella entró. Me sorprendió frotándome contra uno de sus óleos donde posan sus precipicios desnudos. La mujer estaba tranquila. Tan solo dijo "Hace días que tengo la ventana abierta, pensé que nunca te decidirías". Desde entonces tomo sus senos de magnolias y conversamos hasta la hora de los gemidos. A nuestro modo, somos felices.©

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