22 de octubre de 2016

LOS TRES MUERTOS


Los tres muertos me están mirando, cada uno con una expresión diferente, ahora que estoy echado sobre mi silla favorita en este silencioso día domingo y cuando el campanario lejano clama por la oración.

Los tres muertos me miran en silencio y permanecen a prudente distancia de mí. La primera mujer, me mira con cariño, me lo dice su rostro carnoso; la segunda mujer me observa con una sonrisa pincelada en su rostro, casi rayando en la malicia, y el hombre, lo hace con una actitud reflexiva, aunque noto en ellos que sus ojos profundos miran a la distancia, podría asegurar que lo hace con ojos huidizos ante mi mirada escrutadora.

A ellos los miro en silencio y con complacencia ante este inesperado encuentro en el momento en que de nuevo se deja escuchar el llamado del campanario de la iglesia construida en la montaña vecina a mi casa. Sí, los observo a cada uno con obsesivo detenimiento buscando algo, tal vez alguna señal para mí en sus rostros. Pero ese indagar silencioso es interrumpido por la alabanza temprana que luego termina en aplausos alegres al Creador.

Pero de tanto mirar a los tres muertos, sus rostros se endurecen y es cuando comprendo que esas miradas son para cuestionar mis necesidades elementales:

 —¿Qué haces ahí tumbado, ese es el modo de ganarse la vida?

Y yo, a la defensiva, les pregunto:

—¿Y ustedes qué, acaso están libres de toda culpa?

Pero fue el viento quien hizo su fría entrada por el ventanal intentando importunar su respuesta.

Respiro profundo, sé que ellos como buenos muertos siguen allá. No son ellos los que me cuestionan, soy yo quien se pregunta por cuánto tiempo más permaneceré aquí con mis vicios, mientras voy por los caminos que tomé para evitarlos. Mis muertos callaron, miran por la ventana fingiendo estar vivos desde sus respectivos cuadros, que de mayor a menor tamaño, continúan expuestos en la pared de mi cuarto de estudio.©Guillermo A. Castillo.

10 comentarios:

  1. Intimismo en una prosa perfecta.

    Me encanta cómo el narrador se adelanta a saber que ellos ya no miran, desde el más allá, sino que ver los retratos le hacer preguntarse a sí mismo por su propio camino.

    Muy bueno. Un saludo

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    1. Albada preciosa, tiempo que no sabía de ti. En efecto, ellos en lo suyo y nosotros aquí pensado cómo estarán. Gracias por dejar tu impronta por estas latitudes. Un abrazo.

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  2. Los muertos no hablan ¿O sí? Quizás lo que escucha es la voz de su conciencia. Pero esos muertos callados que tenemos en las paredes o sobre una mesita, pueden volverse de los más protestones.

    Me gustó la sensación que deja de tranquilidad de domingo a la par de intranquilidad del lunes que se avecina y acucia por hacer cosas. Saludos.

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    1. Yashira, cuestionan nuestro mal vivir. Solo que no lo aceptamos ni comprobamos. Gracias y un abrazo.

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    2. Y si no, ahí están mis tías abuelas y mi padre muy pendientes.

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  3. A mi me resulta doloroso ver las fotos de los míos que ya no están. Las guardo, sí, pero las paso rápido cuando se cruzan en mi camino. Preciosa historia la que nos cuentas. Un abrazo.

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  4. Amigo David, tú las guardas o las pasas rápido; yo, en cambio, las observo para evitar casualidades. Un abrazo.

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