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Se sitúa en la carpa que ocupamos. Mira. Su presencia es advertida por los presentes. Lo llamo. Se aproxima con timidez. Trae a cuestas el cansancio, tal vez mi misma sed. Se queda bajo la sombra. Pronto se queda dormido. Al cabo de un rato, es despertado por una mano amiga que le brinda galletas con mantequilla. Se acomoda, come y bebe de un vaso. Mientras le hablo, se asegura de estar a salvo ante la agitación imperante. Observa con vacilación. No puede descansar en medio del tumulto bajo la carpa. Lo sigo con la mirada, husmea entre las piernas de las voluntariosas mujeres que sirven al almuerzo comunitario. Ya no está. Reaparece en medio de la calle rascándose donde las pulgas lo mortifican ahora. De pronto los ¡Viva, viva, el paro indefinido! se dejan escuchar por una causa que no es la de él. Se fue moviendo la cola para evitar nuestras lenguas en la que cabe el mundo entero, menos su voz de perro callejero.