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James Tissot. La dracma perdida |
Veo una luz que vacila
y promete dejarnos a oscuras.
Silvio Rodríguez
¡Qué día nos espera! Fue lo que exclamé. Mi despertar como de costumbre antecedió al reloj despertador. Luego fueron los preparativos para la ocasión como lustrar los zapatos, escoger la corbata ideal, cepillar el blazer y esperar a que los demás terminaran lo suyo.
Tras aguardar más de lo debido, apareció el taxi que nos llevaría a la iglesia catedral de San Pedro Apóstol. Al entrar fuimos objeto de las miradas directas y disimuladas de los feligreses. Cuando las primeras notas litúrgicas se hicieron escuchar, nosotros apenas nos situábamos con dificultad entre algunas personas que ya estaban situadas en las bancas de cedro. El sacerdote clamaba al cielo como hijo pródigo para que los presentes siguieran las enseñanzas del Maestro haciendo lectura de algunas breves narraciones revelando la verdad espiritual de forma comparativa.
Cuando los minutos pasaban y el sacerdote locuaz seguía en su sermón sin ocultar la facilidad de su sonrisa en cada explicación suya, una voz altanera detrás nuestro llamó la atención de los feligreses cuando dijo: ¡Déjese de estupideces y déjeme leer el evangelio que ya se me hizo tarde! Quien habló era un anciano al que había visto profundo en la única banca que nadie se atrevía a ocupar.©Guillermo A. Castillo.
Tras aguardar más de lo debido, apareció el taxi que nos llevaría a la iglesia catedral de San Pedro Apóstol. Al entrar fuimos objeto de las miradas directas y disimuladas de los feligreses. Cuando las primeras notas litúrgicas se hicieron escuchar, nosotros apenas nos situábamos con dificultad entre algunas personas que ya estaban situadas en las bancas de cedro. El sacerdote clamaba al cielo como hijo pródigo para que los presentes siguieran las enseñanzas del Maestro haciendo lectura de algunas breves narraciones revelando la verdad espiritual de forma comparativa.
Cuando los minutos pasaban y el sacerdote locuaz seguía en su sermón sin ocultar la facilidad de su sonrisa en cada explicación suya, una voz altanera detrás nuestro llamó la atención de los feligreses cuando dijo: ¡Déjese de estupideces y déjeme leer el evangelio que ya se me hizo tarde! Quien habló era un anciano al que había visto profundo en la única banca que nadie se atrevía a ocupar.©Guillermo A. Castillo.