12 de mayo de 2012

UNA FOTO ROBADA DE LOS RECUERDOS

Foto inspiradora del http://desdemitorrecobalto.blogspot.com

Las dos llevan un buen rato en silencio, ellas son conocidas como las viejitas de la esquina de la Calle de Los Coches y la Calle Santander. Ambas se hacen acompañar de un par de gatos solemnes, quienes parecen hacerle guardia al amparo de la sombra del angosto zaguán. La mujer mayor, pero no lo suficiente, a la que la diabetes le ha cercenado las dos piernas se ha sentado para siempre en una silla de ruedas. A su lado, otra mujer de más edad, en una especie de mueble de mimbre desvencijado, enteramente enlutada y sin ningún ornamento que pudiera poner algo de alegría a su semblante, salvo unos pequeños zarcillos de oro que en nada distraen las miradas.

A pesar de su profunda desgracia, lejana o cercana en el tiempo, mientras colocan irreflexivamente sus descarnadas manos una sobre la otra, la menor de las dos hermanas, piensa que si no hubiera fallecido don Padilla tendrían para pasar bocado con el producto de la venta del dulce de azúcar con mamey. La mayor mira al infinito. Ni siquiera parece estar teniendo conversación con su hermana. Sólo sabe que todo es una vaina, desde que se quedaron sin un centavo. Bueno, es un decir, porque al menos tenemos la medallita de la Virgen Milagrosa hecha en porcelana italiana que una de sus tías atesoraba celosamente en su baúl que tanto les intrigó.
  
Las dueñas viven en un sector de la gente pudiente de la ciudad. Su casa, en otro tiempo la Casa Balboa, se ha venido a menos, desde que aquel español de tono contundente e irrevocable cerró La Bola de Nieve y se marchó. Ahora el entorno es pobre, sumamente pobre para ellas: viven en medio de escombros amontonados con el tiempo, aún así, en medio de su abandono irremediable, suelen reír cuando comparan su casa con la de María Mugre: un cajón hecho de tablas sin pulir, una tinaja de barro desportillada, un recipiente para orinar sobre una silla, una lata de manteca vacía, una balanza pata de gallo, entre otros armatostes… Sólo la cal parece poner algo de bondad a la escena.

Siguen en un silencio inmutable, podría asegurarse que ni se miran, porque perdieron esa capacidad de reconocerse como hermanas después de sus travesuras, como comerse la carne que su mamá les daba para moler o el librillo que era comprado especialmente para la comida dominical de los perros. ¿En qué pensarán, si es que en algo piensan? ¿En los tiempos en que la felicidad entró alguna vez por sus casas? La escena es triste, como sacada de una realidad que, si por pocos años ha estado vestida de color, retorna a ser siempre en blanco y negro, al recordar al distinguido caballero que respetaron todos hasta cuando decidió escapar sin justificarse ante ellas.

Él sólo supo seducirlas a los dos. Ambas se rindieron ante aquel, encarnaron el encuentro de la pasión histórica y la trascendencia moral. A ambas las enamoró y sedujo por igual cuando trabajaban para él. Su madre dispuesta a transigir, dijo que aquel maldito no sólo las había seducido, también las había raptado por igual. El padre, en cambio, antes de morir por la pena moral causada, mandó a elevar aún más las tapias de la casona para guardar su prudente silencio.  Las muchachas no huyeron como aquel cobarde, se quedaron en un mundo en constante movimiento, donde el que se queda en el mismo lugar retrocede irremediablemente.©

2 comentarios:

  1. Sufridas mujeres, las mujeres de antes.
    Tu relato es muy evocador, creo que todos tenemos en nuestro imaginario alguna historia asi; al paso del tiempo, es muy entrañable.
    Un abrazo.

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  2. Carolina: Muchas gracias por tu comentario. Es cierto que historias como estas hacen recordar las palabras de José de Espronceda:

    ¿Por qué volvéis a la memoria mía,
    tristes recuerdos del placer perdido...?

    Agradezco tu paso por aquí,

    Abrazos

    ResponderEliminar

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