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Llevarlo a la boca no tiene igual.
Es como si de pronto todas las sensaciones se juntaran y redujeran a una sola cosa. Toda esa cremosidad, humedad y recubrimiento se acrecientan y
se retardan para llenarte la boca. Su textura se convierte en algo rebosante de
impulso y de tracción, pero a la vez consistente y delicado en la lengua y el
paladar. Podría asfixiarme mientras permanece en la boca tras la ingestión, aun así soy capaz de arrancarle de un mordisco un pedazo mientras predomina la suavidad.
Cuando decrece y se prolonga, soy yo quien le da vida; mi boca lo mantiene, y se retuerce
ante mi lengua inquieta. Me ha gustado lo que ha salido de ti azucarado, lechoso,
espesante hasta fundirse y discurrir frío, blanco y
viscoso por mi ser, todo asociado a un helado de alta calidad.
©Guillermo Castillo.
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